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La época de compartirlo todo para que todo sea más barato

10 min

Las “cosas” empiezan a convertirse en servicios compartidos entre usuarios 2.0 bajo la filosofía del consumo colaborativo.


Cada vez más artículos de consumo están pasando de ser «cosas» a convertirse en servicios compartidos entre diversos usuarios 2.0 bajo la filosofía del consumo colaborativo o la economía del compartir: medios de transporte, habitaciones, pero también juguetes, ropa, huertos domésticos y un largo etcétera.

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Un nuevo modelo económico en el que no solo aflora lo mejor de la naturaleza humana, sino que reduce el consumo compulsivo y fomenta la moderación y un estilo de vida más sostenible. Una nueva forma de disfrutar de los bienes y servicios que incluso, por primera vez en la historia, ha relegado entre las nuevas generaciones la necesidad de adquirir un coche en propiedad a un segundo plano.

Objetos 2.0

El cambio de paradigma que nos está conduciendo a la Edad Colaborativa es internet y la posibilidad de hacer uso de ella a través de dispositivos móviles, como el smartphone. Esto último ha sido posible gracias al Internet de las Cosas. A día de hoy ya disponemos de portátiles, smartphones, tablets, televisiones, videoconsolas, e incluso, electrodomésticos o bombillas conectados a la red, pero progresivamente se podrán ir conectando también objetos cotidianos como la ropa, la vajilla o las medicinas.

En las economías desarrolladas, la mayoría de las personas poseen de 1.000 a 5.000 cosas, pero en breve gran parte de todas ellas estarán conectadas entre sí, y entre nosotros: Nick Valéry, columnista de The Economist, ha llegado a señalar en The Difference Engine: Chattering Objects, que dentro de muy poco tendemos unos 1.000 objetos nuestros hablando en la red. Son datos inquietantes, pero que anuncian una nueva era donde no solo será más fácil que nunca comprar objetos, sino también pagar por suscribirnos a ellos o por compartirlos con otras personas con total seguridad y transparencia. Tal y como refiere Jeremy Rifkin en su libro La sociedad del coste marginal cero:

Aunque la posibilidad de conectar a todas las personas y todas las cosas en una gran neurored mundial da un poco de miedo, también es una idea apasionante y liberadora que abre para nuestra coexistencia en la Tierra unas posibilidades que apenas podemos vislumbrar en los inicios de esta nueva era de la historia humana.

Como consecuencia de suscribirnos al uso de los objetos o de tener la posibilidad de compartir fácilmente los artículos que ya hemos adquirido, se reducirá ostensiblemente el precio al consumidor. Un buen ejemplo de ello son plataformas como, Agile TV, Netflix, HBO o Hulu: por el precio de un menú en un restaurante podemos disfrutar de un número de películas y series que, hace apenas dos décadas, hubiera supuesto el salario medio de un trabajador. Ahora cabe imaginar el mismo fenómeno no solo en películas, música, u otros bienes y servicios que se puedan digitalizar, es decir, que sea convertibles en bits; también es posible que las cosas hechas de átomos se aprovechen de estas dinámicas gracias a la Internet de las Cosas.

Empezamos a compartir

Con la llegada del capitalismo, el trueque evolucionó progresivamente hacia un modelo de compraventa de artículos y la propiedad privada adquirió mayor peso legal en la mayoría de sociedades del mundo. La nueva Era Colaborativa no aspira a abolir la propiedad privada, sino a hacerla más flexible. Es algo que ya hacemos cotidianamente cuando prestamos un libro a un amigo. Administrativamente, incluso encontramos países como Suiza, donde más del 80% de la región alpina del país está gestionada por un sistema mixto que combina la propiedad privada para la agricultura con la gestión de espacios comunes como prados o bosques.

La Era Colaborativa solo haría extensivos estos modelos de forma generalizada. Gracias a la arquitectura distribuida y abierta de la infraestructura 2.0 podemos evitar monopolios empresariales y crear economías de escala lateral y entre iguales que prescindan de gran parte de los intermediarios.

La mayoría de objetos y servicios que empiezan a compartirse son los que usamos poco tiempo, de forma puntual. Estos son algunos de los ejemplos de más éxito.

Alojamiento

Airbnb y HomeAway son dos de las empresas más importantes que conectan a millones de propietarios de viviendas o habitaciones con sus posibles inquilinos. Airbnb, por ejemplo, nació en 2008, y solo tres años después, en 2011, ya contaba con 110.000 habitaciones disponibles, creciendo a razón de mil habitaciones cada 24 horas. Actualmente, más de 190 países de todo el mundo cuentan con servicios de Airbnb. En 2014, ya alquilaba más habitaciones por día en todo el mundo que las cadenas de hoteles como Hilton.

Con todo, Airbnb es una empresa privada. CouchSurfing, su principal competidora, es todavía más pura en su filosofía del compartir. Tras empezar como una organización sin fines lucrativos, hasta el año 2011, se convirtió en una sociedad con ánimo de lucro, pero conservando un espíritu de servicio gratuito que ofrece a sus usuarios la opción de pagar una cuota de inscripción de 25 dólares. Así pues, los miembros de Couchsurfing se ofrecen mutuamente alojamiento gratuito. En 2011, justo antes de convertirse en una sociedad con fines económicos, ya estaba establecida en 97.000 ciudades de 207 países. En la actualidad, las cifras no dejan de crecer y pueden permitir a muchos viajeros recorrer todo el mundo sin pagar nada por su alojamiento: los anfitriones se conforman con la experiencia de alojar a un huésped y mantener con él una interacción social sincera que puede traducirse en salidas culturales, citas con amigos, cocinar, etc.

Otra tendencia en auge que ha favorecido el 2.0 son las apps que gestionan microestancias en hoteles. Así, ByHours o Dayuse son dos ejemplos que permiten reservar en los mejores hoteles por estancias menores a 24 horas pagando sólo el tiempo que se utiliza la habitación. Esto permite ajustar los precios y evitar que las habitaciones queden vacías durante todo el tiempo que el huésped no las va a usar.

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Ropa

La ropa, por su parte, también ha pasado de ser un objeto personal e intransferible a convertirse en un servicio gracias al 2.0. Podemos verlo desde las cientos de corbatas de diseño que ofrece Tie Society, con sede en la ciudad de Washington (lo que permite un acceso a un conjunto de corbatas que cambia cada mes), hasta la moda femenina de Rent The Runway o Makeup-Alley, donde ponen en contacto a mujeres para prestarse o alquilarse vestidos, bolsos o joyas.

Por otra parte, compraventa de ropa entre usuarios cada vez cuenta con más apps en los que ambos se ponen en contacto, ya sea para vender o comprar la ropa como para intercambiarla, tales como YuMe, Obbso o Depop.

En lo que respecta a la ropa infantil, estos servicios tienen incluso más sentido porque un niño crece rápido y sus prendas se quedan obsoletas en poco tiempo. En este ámbito, destacan, por ejemplo, los servicios de redistribución como ThredUP. A cambio de ofrecer una bolsa de ropa, esta empresa la recoge y se la entrega a un niño que la pueda aprovechar dándole a cambio un vale de la tienda ThredUP con el que podrá adquirir ropa de segunda mano de una talla más grande. Según una estimación llevada a cabo por la misma, un niño promedio desecha una media de 1.360 prendas a medida que aumenta de talla hasta la edad de 17 años.

Juguetes

Baby Plays, Rent That Toy! o Toy Library también permiten alquilar juguetes por una pequeña suscripción de oscila entre los 20 y los 60 euros al mes, lo que ofrece acceso al envío mensual de cuatro a diez juguetes diferentes. Todos los juguetes, además, son esterilizados cuando se retornan para cumplir con la normativa sanitaria vigente.

Estos servicios no solo permiten alargar la vida útil de los juguetes, sino también educar al niño no tanto en la posesión y colección de los mismos como en la asociación de todos ellos a experiencias breves de las que disfrutar.

Variedad de productos de menaje, informática y lectura

Enseres de cocina, accesorios para animales de compañía, ordenadores, equipo deportivo, piezas de decoración, libros... cualquier objeto concebible se puede intercambiar, regalar o vender en servicios como Wallapop o Yerdle. Este último fue fundado en 2012 por dos expertos en sostenibilidad: Adam Werbach y Andy Ruben.

Lo que hace Yerdle es emparejar a amigos de Facebook, así que la probabilidad de encontrar justo lo que buscas o localizar a la persona que desea lo que tú tienes es altamente probable. Yerdle, además, no cobra por las transacciones si los amigos se ponen de acuerdo y deciden abonar los gastos de envío. Tanto Werbach como Ruben sostienen la idea de que «compartir es más divertido que comprar».

Vehículos

Incluso adquirir un coche en propiedad. Hace pocos años se trataba de un lujo al que todos aspirábamos y que hoy en día está empezando a perder impulso entre las nuevas generaciones. De hecho, ninguna marca de coche figura entre las primeras 10 más relevantes (dentro de las personas nacidas entre los años 1981 y 2000) quedando muy por detrás de marcas como Nike o Google.

En otra una encuesta reciente se revelaba que, por primera vez, el 46 % de los conductores de entre 18 y 24 años de edad estaban dispuestos a prescindir de su coche a cambio de otra cosa: conectarse a internet. También los jóvenes tienen menos coches, pero más smartphones: en 1998, el porcentaje de jóvenes de 19 años que tenían permiso de conducir era del 64,4 %; en 2008, era del 46,3 %.

Algunas de las plataformas más importantes de toda la economía colaborativa tienen que ver con el transporte, tanto por el volumen de negocio como por el de las inversiones. La estadounidense Uber, con una inversión de 6.315 millones de dólares, lidera el ranking mundial, seguida de Didi Chuxing (una nueva plataforma china) con 4.367 millones. A continuación, se sitúan Blablacar y Lyft. Pero esto solo es el principio: si Uber fue la revolución 2.0 del alquiler de coches con chófer, otras tantas iniciativas pronostican que sucederá tanto de lo mismo en el alquiler de coches sin chófer. Con servicios como Turo (o el equivalente español SocialCar), por ejemplo, el propietario de un vehículo puede compartirlo con otros usuarios, sin intermediarios.

Esta clase de usuarios, además, conducen de media un 31 % menos que cuando tenían en propiedad un vehículo, de modo que este modelo de negocio también reduce las emisiones de gases contaminantes. Es decir, que el uso de estos servicios hace que la gente sea más proclive a usar transporte público o la bicicleta, por ello, por cada vehículo compartido, dejan de circular 15 vehículos particulares.

Huertos domésticos

Para demostrar que todo es susceptible de ser compartido en una mezcla del sistema capitalista convencional y el procomún en red, el sitio web SharedEarth, fundado por un empresario de Internet llamado Adam Dell, permite compartir huertos domésticos. Básicamente, lo que se ofrecen son terrenos, agua y el material necesario para cultivar; el solicitante invertirá así su tiempo, esfuerzo y experiencia a cambio de entregar la mitad de todo lo producido al dueño. Este servicio, pues, permite incentivar una agricultura local, distribuida y de escala lateral que podría cambiar el mundo, en opinión del propio Dell:

Creo que SharedEarth puede tener un gran impacto y espero que sea así. Imaginemos que llegamos a tener cinco millones de hectáreas de terreno productivo: se generaría mucho oxígeno, se consumiría mucho CO2 y se producirían muchos alimentos.

El futuro de la economía colaborativa

Cada vez serán más las cosas que podremos compartir, los bienes o servicios a los que nos podremos suscribir, las personas con las que seremos capaces de conectar para ofrecer nuestras habilidades o disponer de las habilidades ajenas. Solo en 2011, en los prolegómenos de esta revolución, si las ventas del sector minorista de Estados Unidos fueron de 4,7 billones de dólares, el consumo colaborativo ya alcanzó un volumen de ventas de unos 10.000 millones de dólares. Es lo que explica Neal Gorenflo, cofundador y editor de Shareable, una publicación que informa a propósito de los avances en este tipo de economía.

Para el año 2025, la economía colaborativa representará más de 335.000 millones de dólares. En España, estas compañías suponen entre el 1% y el 1,4% del PIB total, pero para 2025 supondrán casi el 2,9%.

La consultora PriceWaterhouseCoopers estima que en Reino Unido, uno de los países pioneros en el surgimiento de este fenómeno, hasta el 64% de los adultos participará de algún modo en servicios colaborativos en 2025.

Todo ello permitirá no solo abaratar los costes, sino que alentará a los minoristas a mejorar la calidad y la durabilidad de sus productos para que se pueda cobrar por más tiempo la vida útil del mismo. Finalmente, la Era Colaborativa, en la cual ya empezamos a estar inmersos, propiciará una economía más amplia, accesible, menos derrochadora y más sostenible.

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