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El sistema de crédito social chino, cada vez más cerca

9 min

El macroproyecto plantea puntuar a las personas en base no sólo a criterios financieros, sino también sociales y de ocio.


El sistema de crédito social chino es un monumental proyecto, con algunas fases ya en funcionamiento, que consiste en que los ciudadanos tienen una puntuación que les puede hacer la vida más fácil o todo lo contrario. Si la puntuación es alta, pueden pagar menos impuestos o tener mejores condiciones para devolver préstamos. Si la puntuación es baja, aquellas condiciones serán más duras, pero también aparecerán dificultades importantes en el día a día, como no poder comprar billetes de avión o de tren, por ejemplo.

¿Y de qué depende que la puntuación sea alta o baja? Ahí está el quid de la cuestión.

Mucho más allá del scoring bancario

Lo que plantea el gobierno chino no es una novedad absoluta. La práctica de calificar a las personas en función de criterios cuantitativos no es nueva, y el scoring bancario, que puntúa de acuerdo a la solvencia, cumplimiento de los pagos y otros baremos financieros, es bien conocido en Estados Unidos, Reino Unido o España. Las listas de morosos son una versión muy simplificada de esto.

Pero el sistema de crédito social chino va mucho más allá del scoring bancario y tiene varias características que lo hacen único en el mundo. Para empezar, toma datos no sólo financieros, sino también personales (como tener hijos o la ciudad de residencia), e incluso de ocio (jugar mucho tiempo a los videojuegos resta puntos).

A lo anterior hay que añadir que el sistema no se está implantando en cualquier lugar, sino en el país más poblado del mundo (el 20% de la población mundial vive en China).

A todo ello se suma un fenómeno doble que se da en el país asiático. Los chinos no valoran especialmente sus datos, al menos no tanto como lo hacemos en Occidente, y esta despreocupación convive con que las grandes tecnológicas chinas son particularmente eficientes a la hora de extraer información personal a través de apps. Para hacernos una idea de hasta qué punto han tenido vía libre las compañías para obtener datos de sus usuarios, basta con saber la fecha de la primera ley china que contempla la privacidad de los datos personales: 2018. (La primera ley en España data de 1999)

Qué sabemos hasta ahora de este proyecto

El gobierno chino prevé que el proyecto esté en marcha en 2020 a nivel nacional, pero ya hay algunos territorios donde se está utilizando. Por ejemplo, en la ciudad de Rongcheng, situada en el este de China, en la costa frente a Corea del Sur, la mayoría de sus 740.000 habitantes tiene 1.000 puntos de base que pueden reducirse. Colarse en los medios de transporte o retrasar el pago de las facturas de la luz quita puntos.

Una buena puntuación ofrece algunas ventajas, como mejores condiciones al solicitar préstamos, un precio más barato de la calefacción en invierno y descuentos en el alquiler de bicicletas. Una mala puntuación no sólo empeora las condiciones de pedir dinero al banco sino que dificulta los ascensos en el trabajo.

Este modelo con una puntuación base que puede bajar es el utilizado en la mayoría de las ciudades donde el proyecto del sistema de crédito social está en marcha. No obstante, existen otras variantes, como un sistema basado en tres estrellas, o una versión más dinámica, como la que se usa en la ciudad de Suzhou, con 13 millones de habitantes, donde la puntuación inicial es 100 y puede subir hasta los 200 por buen comportamiento (como pagar a tiempo las facturas, o hacer donaciones).

Hasta el momento no hay mucha más información pues, aunque el plan del gobierno es que funcione en todo el país, la realidad es que ahora mismo no existe una infraestructura que conecte todas las zonas, especialmente aquellos territorios rurales del interior del país. En consecuencia, cada ciudad aplica su propia versión del sistema de crédito social.

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Un proyecto pensado hace más de 20 años

Los primeros indicios del sistema de crédito social aparecieron hace dos décadas, aunque por entonces no era tan ambicioso. El origen del sistema está en los impagos de préstamos que se daban en el país, especialmente en el ámbito rural pero también urbano, por la falta de información sobre los prestatarios y, especialmente, sobre aquellos que no devolvían lo prestado. El nivel de desconocimiento era tal que una persona que no devolvía un préstamo al banco podía acudir a la competencia y solicitar uno nuevo. Y no devolverlo tampoco.

La situación se volvió tan preocupante para los banqueros –la banca en China es fundamentalmente pública, pero existen entidades privadas desde 1996– que pidieron al gobierno que hiciera algo, y este respondió con un sistema de información centralizado y controlado por el Banco Popular de China, donde se registraba si los clientes de los bancos estaban al día en sus cuotas.

Con el paso de los años, tampoco muchos, en torno al primer lustro del siglo XXI, fueron apareciendo los primeros acercamientos de las grandes tecnológicas al negocio financiero. Tencent y, sobre todo, Alipay, la compañía de pagos de Alibaba, empezaron a ofrecer en esta época servicios de pago que enseguida fueron usados masivamente. Y de los pagos pasaron a ofrecer tarjetas de débito y crédito, cuentas corrientes, préstamos entre particulares… Al gestionar todos estos servicios, estas compañías obtenían una cornucopia de información financiera que podían combinar con la que obtenían de la rama tecnológica de su negocio.

En consecuencia, entre 2007 y 2014 el sistema, que al principio sólo tomaba la información financiera de los clientes de bancos, se fue enriqueciendo con la obtenida por las grandes bigtech chinas.

De dónde vienen los datos

Esta es una de las grandes incógnitas del sistema, aunque cada vez está más claro que el gobierno chino cuenta con la colaboración de las bigtech domésticas. De hecho, el gobierno mantiene una relación estrecha con Alipay, y con varios de sus productos dedicados a préstamos al consumo. De todos ellos, el que más le interesa es Sesame Credit, que es un sistema de scoring que funciona desde 2015 y que podría decirse que es la fuente de inspiración de la versión moderna del macroproyecto del gobierno chino.

Los parecidos son más que razonables: Sesame Credit no solo tiene en cuenta la información financiera de los usuarios, sino otros datos. Al formar parte de Alibaba, el grado de conocimiento sobre el ciudadano chino es enorme: conoce sus compras (Alibaba es como el Amazon oriental, sólo que mucho más grande) y también sus hábitos, pues Alipay permite realizar prácticamente cualquier tipo de pago, desde compras a domiciliaciones mensuales por la luz o el agua o incluso altas en servicios de streaming.

Para hacernos una idea del nivel de profundidad de la información que tiene Sesame Credit de cada chino (o de cada cliente de Alipay, y hablamos de más de mil millones de usuarios), si buscáramos algo parecido en Occidente tendríamos que juntar las bases de datos de nuestro banco, del supermercado donde hacemos la compra doméstica, de las tiendas donde adquirimos libros, videojuegos, ropa, etc., y de todas las plataformas y medios y servicios a los que estamos suscritos. ¿Algo más? Sí, también tendríamos que añadir los datos relacionados con el uso que hacemos de las plataformas lúdicas online (el tiempo que pasamos viendo series y películas o jugando a la consola o viendo eventos deportivos). Pues todo eso sabe Sesame Credit de sus clientes. No hay nada parecido en Occidente.

El gobierno chino no ha declarado de forma oficial que su sistema va a basarse en el sistema de Sesame Credit, pero hay varios proyectos en marcha para que la infraestructura tecnológica sea semejante a la de la compañía de Alibaba.

¿Cuáles pueden llegar a ser sus desventajas?

Aunque todavía no se conoce mucho sobre el proyecto, sus características ya han comenzado a perfilarse, así como algunas de sus desventajas. La cuestión principal tiene que ver con la elaboración de listas y, muy especialmente, con aquellas que terminen por igualar muy diversas faltas. Al tratarse de sistemas de puntuación numéricos, lo mismo da que la persona que ha perdido 200 puntos lo haya hecho por impago de un préstamo o por entregar tarde libros en la biblioteca. Naturalmente, cada tipo de falta está sancionado con la pérdida de más o de menos puntos dependiendo de la gravedad de la falta, pero al final dos personas con 800 puntos en vez de los 1.000 iniciales son, a efectos prácticos, igualmente reprobables ante el sistema y, por tanto, van a tener los mismos problemas y dificultades.

Especialmente preocupantes son las sanciones relacionadas con los transportes, que son, junto con los cambios en las condiciones de los préstamos, el primer gran campo con el que el gobierno chino está experimentando. Una mala puntuación puede dejar a un usuario habitual de viajes en tren domésticos sin la posibilidad de comprar un billete durante tres meses.

Otro punto que preocupa es que, como no se sabe exactamente quién tiene los datos sobre los que se basa la puntuación, no hay un punto de atención claro a dónde dirigir las reclamaciones sobre el sistema. El gobierno chino ha propuesto que sea por la vía judicial, lo cual supone un camino mucho más arduo y costoso en tiempo y dinero de lo que debería esperarse, más aún si, como se apunta, el gobierno chino se va a apoyar en datos recogidos por empresas privadas. En Occidente, las peticiones de información sobre los datos de los usuarios que guardan las compañías se tramitan a través de mecanismos de las propias empresas, no hay que acudir a la vía judicial.

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Puntos a favor

Pese a las posibles desventajas, no hay que olvidar que el objetivo inicial del sistema de crédito chino, al menos en esa primera versión que se ideó a comienzos de este siglo, no es otra que crear un sistema de información que permita identificar y perseguir a defraudadores. Se trata de hacer cumplir la ley permitiendo que bancos y Estado puedan compartir información en tiempo real.

La segunda versión del sistema, la que ya incluye además de la información financiera es aquella relacionada con los hábitos de vida, la cual también tiene ideas muy aprovechables. Las donaciones a causas benéficas tienen exenciones fiscales, las buenas notas escolares permiten acceder a becas. Un sistema de crédito social podría potenciar esta idea de que un buen comportamiento conlleva algunas ventajas. Quién sabe, comprar en el mercado local, por ejemplo, podría ser recompensado con descuentos en esos mismos locales o en otros considerados de proximidad, o un uso habitual de la bicicleta, suponer una rebaja en la factura de la luz.

El sistema de crédito social chino pone sobre la mesa un concepto que hasta ahora sólo habíamos visto en series y novelas distópicas: una forma de cuantificar los hábitos humanos y, en base a ellos, premiar o sancionar a quienes llevan a cabo tales hábitos. Un sistema así puede caer sin duda alguna hacia una infraestructura de posible control, pero también puede conducir al otro extremo, a un sistema de reconocimiento y premio a aquellos comportamientos individuales que repercutan positivamente en la sociedad. Una forma de recompensar las buenas pequeñas acciones y señalar su aportación para la construcción de una sociedad mejor.

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