Imagen de fizkes. Licencia de iStock.
Cuando una factura tarda en cobrarse, lo primero que se suele pensar es que el cliente tiene problemas de liquidez o se ha olvidado de pagarla. Pero muchas veces el problema está en la propia factura: saber redactar una factura clara, con toda la información necesaria, puede ayudar a que te paguen antes y evitar retrasos por dudas o errores.
Por eso, cuanto más clara sea la factura desde el principio, mejor. El cliente debe poder ver fácilmente qué está pagando, cuánto tiene que pagar, cuándo debe hacerlo y cómo. Evitar errores y dejar toda la información bien explicada puede ahorrarte dudas, intercambios de correos y, sobre todo, retrasos en el cobro.
Por ley, toda factura debe incluir un número correlativo, la fecha de emisión, los datos fiscales completos de quien la emite y de quien la recibe (nombre o razón social, NIF y dirección), una descripción del producto o servicio, la base imponible, el tipo de IVA aplicado y la cuota correspondiente, y el importe total.
Más allá de lo obligatorio, conviene añadir también la forma de pago y el plazo en el que se espera el cobro. No es un requisito legal en todos los casos, pero es precisamente lo que suele faltar cuando una factura se queda sin pagar. Si no se dice cuándo hay que pagar, es fácil que se interprete como "cuando pueda".
Revisar la factura antes de enviarla, comprobando que no falta ningún dato fiscal de los dos lados, también evita que el departamento de administración del cliente la rechace y haya que volver a empezar el proceso desde cero.
El concepto es la parte donde más se suele generar confusión. "Servicios profesionales" o "trabajo realizado" no dicen nada, y quien tiene que aprobar el pago necesita entender de un vistazo qué está pagando exactamente.
Es mejor detallar: qué se hizo, en qué fecha o periodo, y si corresponde a una parte de un proyecto más grande, indicar cuál. Por ejemplo, en vez de "diseño web", algo como "diseño de la página de inicio y sección de contacto, según presupuesto del 3 de marzo".
Cuanto menos tenga que preguntar la persona que aprueba el pago, menos se retrasa el proceso, sobre todo en empresas donde quien firma la orden de pago no es la misma persona que encargó el trabajo.
La fecha límite de pago debería estar escrita en la propia factura, no solo mencionada en un correo o acordada de palabra. Si trabajas con plazos de 15, 30 o 60 días, indícalo explícitamente y, si puedes, añade también la fecha exacta en la que vence, para que no dependa de que el cliente haga el cálculo.
Incluye también los datos de pago de forma completa dentro del propio documento, para que quien pague no tenga que ir a buscarlos en otro sitio ni escribirte para preguntarlos. Y si aplicas algún recargo por retraso, indícalo también en la factura. No hace falta ser agresivo, basta con una línea que diga qué pasa si el plazo se supera, para que quede como algo ya pactado y no como una sorpresa de última hora.
Cuando llega el momento de reclamar, el tono cuenta tanto como el contenido. Un primer aviso, unos días antes de que venza el plazo, funciona mejor como recordatorio amable que como reclamación. Basta con adjuntar de nuevo la factura y confirmar que todo está en orden para el pago.
Si el plazo ya ha pasado, el correo puede ser más directo sin dejar de ser cordial. Menciona el número de factura, la fecha de vencimiento y los días que han pasado, y pregunta si hay algún problema con el pago o si necesitan algo más de tu parte. Plantearlo como una pregunta, en vez de una acusación, deja la puerta abierta a que haya sido un despiste sin que la relación se resienta.
Si el primer correo no tiene respuesta, conviene subir el tono progresivamente en vez de pasar directamente a las amenazas. Un segundo aviso puede incluir ya una llamada telefónica, que suele resolver más rápido que otro correo que quizá ni se llegue a abrir.
Mantener siempre un registro de cada aviso enviado fecha, canal y contenido te protege si el impago se alarga y necesitas acudir a una vía más formal, y también te sirve para demostrar que has actuado con margen razonable antes de escalar el tono. Si el cliente sigue sin responder tras varios intentos razonables, ya es momento de plantear pasos más serios, como un requerimiento formal, sin que eso tenga por qué significar el final de la relación comercial si el resto del trabajo ha ido bien.
La mejor forma de evitar todo esto es dejarlo claro antes de empezar a trabajar. Condiciones de pago pactadas por escrito desde el presupuesto, no solo comentadas de palabra. Pedir un anticipo o una señal en proyectos grandes también reduce el riesgo, porque el cliente ya ha comprometido algo antes de recibir el resultado final.
Y si trabajas con un cliente nuevo o un importe elevado, no hay nada de malo en preguntar directamente por sus plazos habituales de pago antes de aceptar el encargo. Es una pregunta normal en cualquier relación profesional, y conocer la respuesta de antemano evita sorpresas cuando llega el momento de cobrar.
En Yoigo Empresas queremos ser tu socio tecnológico para que tú solo te preocupes de hacer crecer tu negocio. Descubre todas nuestras soluciones de conectividad y digitalización visitando nuestra página web o, si prefieres un asesoramiento personalizado, llámanos gratis al 900 622 220 y nuestro equipo de expertos te ayudará a encontrar la mejor opción para tu empresa.