Cláusula Van Halen: una astuta forma de asegurar el cumplimiento de contratos


El conjunto estadounidense Van Halen es uno de los mejores ejemplos de profesionalización del mundo del rock and roll internacional. Después de la despreocupación de los sesenta y el amateurismo de los setenta, la década de los ochenta trajo consigo la idea de que las bandas no eran ya un mero grupo de amigos pasando el rato, sino verdaderas empresas.

Esa transformación supuso la creación de espectáculos más ambiciosos y, en consecuencia, relaciones contractuales más complejas. Para comprobar que todas sus exigencias se cumplían, los miembros de Van Halen y sus abogados crearon la cláusula 126, conocida también como cláusula M&M’s.

De España para el mundo

Los M&M’s son uno de los productos estrella del lineal del supermercado internacional. Su personalidad está asociada al American Way of Life pero, curiosamente, su origen está en la otra punta del mundo. Concretamente en España.

En 2007, el escritor especializado en gastronomía Andrew F. Smith, reveló en su libro The Oxford Companion to American Food and Drink que el norteamericano Forrest Mars, hijo del fundador de la compañía de chocolates Mars, estuvo en España durante la Guerra Civil.

En nuestro país, el empresario vio con sorpresa cómo, a pesar del calor de la Península, los soldados republicanos consumían chocolate en las trincheras, sin miedo a que el producto se derritiera en sus manos o en los bolsillos de su uniforme.

El secreto era una capa de azúcar endurecida que recubría el chocolate y lo protegía del calor. Una ingeniosa solución que, si funcionaba en las trincheras, también podía funcionar en los supermercados convencionales en tiempo de paz.

De este modo, Mars se asoció con Bruce Murrie, hijo del presidente de la compañía chocolatera Hershey, y decidieron hacer unos chocolates recubiertos de azúcar a los que bautizaron con la inicial de sus apellidos: M&M’s.

Sin embargo, no solo Murrie tenía noticia de ese invento español. Desde finales de los años 30, la empresa británica Smarties ya estaba comercializando unas pastillas de chocolate recubiertas de azúcar muy semejantes a las que se consumían en España.

Para evitar problemas, Mars y Murrie compraron a Smarties la patente, pero debido a la Guerra Mundial, en lugar de intentar penetrar en la maltrecha distribución de las tiendas de alimentación, decidieron seguir el modelo español y comenzaron a vender su producto al sector que acaparaba el grueso de los presupuestos del país: el ejército de los Estados Unidos.

De hecho, fueron los soldados americanos los que, tras regresar a casa después de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a preguntar por esas pastillas de chocolate, lo que convenció a M&M’s de dar el salto a la distribución convencional y al público generalista.

A partir de entonces, comenzaron a venderlos en supermercados, para lo cual solo decidieron cambiar el envoltorio. Mientras que el de las tropas eran unos toscos paquetes verde kaki, los de los supermercados eran llamativos sobres de color amarillo.

Una banda superventas

En 1972, el guitarrista Eddie Van Halen, su hermano Alex y Mark Stone fundaron una banda de rock llamada Mammoth que, unos años después y tras la incorporación del cantante David Lee Roth y el bajista Michael Anthony, cambiaría su nombre por el apellido de dos de sus fundadores: Van Halen.

En 1978, el grupo publicó su primer LP en Warner Bros., disco homónimo que facturó más de diez millones de copias e hizo que el público, la crítica y los medios de comunicación se volcasen con Van Halen.

Incluso estrellas como Michael Jackson repararon en la calidad de la banda, lo que hizo que su líder, Eddie Van Halen, fuera invitado por el rey del pop a grabar el solo de guitarra de Beat It, tema incluido en el LP Thriller, de 1982.

Colaboraciones como esas y trabajos como Van Halen II y Women and Children First hicieron que, a principios de los ochenta, Van Halen fuera uno de los grupos más populares y rentables de Estados Unidos.

En la edición 1983 del US Festival, por ejemplo, recibieron más de un millón y medio de dólares por un solo concierto (alrededor de un millón trescientos mil euros), lo que les convirtió en ese momento en la banda mejor pagada de la historia.

Lejos de conformarse con eso, el grupo siguió grabando, evolucionando musicalmente y ganando una nueva audiencia, aunque eso supusiera perder a algunos de sus primeros seguidores. Prueba de ello fue 1984, un disco con el que irrumpieron en las listas de éxitos gracias a Jump, canción que llegó a estar en el número 1 de Billboard 100, y en la que introducían sintentizadores y arreglos más comerciales.

Gracias a ese trabajo, Van Halen llegó definitivamente al público mayoritario. Sus admiradores aumentaron, los auditorios para sus conciertos tuvieron que ser cada vez más grandes y sus montajes fueron más espectaculares. Una situación que también complicó la arquitectura de los escenarios, sus requisitos y los montajes.

Fijación por el color marrón

Originalmente, los M&M’s solo tenían un color: el marrón. Fue en los años 60 cuando la compañía decidió añadir nuevas variedades como el amarillo, el verde, el azul, el naranja y el rojo, que dejó de fabricarse temporalmente en 1978, por considerar que el colorante que empleaban podía ser cancerígeno.

De esa amplia variedad, aquellos que importaban verdaderamente a los miembros de Van Halen eran los originales y no necesariamente para bien. Entre las cláusulas de los contratos de la banda estaba una, la 126, que exigía que en los camerinos hubiera una fuente con M&M’s en la que no podía haber ninguno de color marrón.

En caso de que los miembros del grupo o sus colaboradores encontrasen uno solo de esos M&M’s, el contrato les habilitaba para anular la actuación y cobrar la totalidad del caché acordado sin posibilidad de que el promotor reclamase.

La exigencia podía ser extraña, pero no inusual. Muchos grupos incluyen en sus contratos exigencias estrafalarias y caprichosas.

Madonna obliga a que los retretes estén sin estrenar, pide que se destruyan una vez acabado al show y exige veinte líneas de teléfono; Mariah Carey impone que el camerino esté lleno de rosas blancas, velas color vainilla y una temperatura de veinticuatro grados; Coldplay pide tarjetas postales del lugar en el que actúan para escribir a sus hijos y Mötley Crüe solicita una lista de los centros de Alcohólicos Anónimos que hay en la ciudad y sus horas de reuniones, por lo que pueda pasar.

En el caso de Van Halen, lo que cimentó la leyenda de estrellas del rock caprichosas, volubles y salvajes fueron los M&M’s, y más concretamente la aparición de uno de los de color marrón en el camerino del auditorio de Nuevo México en el que iban a actuar.

Según relata el propio David Lee Roth, al llegar al lugar, revisó el recipiente en el que estaban los chocolates y comprobó con desagrado que nadie se había molestado en separar uno a uno los de color marrón. A continuación, de forma muy teatral y ceremoniosa, destrozó el lugar junto con los demás miembros del grupo.

El hecho no pasó desapercibido para los medios de comunicación, que informaron de que la banda estadounidense había provocado daños por valor de miles de dólares. Algunos incluso llegaron a afirmar que los destrozos superaron el medio millón y todo por un capricho. La realidad era bastante diferente, pero como bromeaba Roth, «¿quién era yo para desmentir un bulo como ese?».

Una solución brillante

Durante los años 80, la mayoría de los locales de conciertos de Estados Unidos no eran como ese flamante pabellón de baloncesto de New México. Lo habitual era que fueran edificios o salas construidas en las décadas de los 50, 60 y 70 que, en muchos casos, carecían de buenas infraestructuras.

Esa situación contrastaba con la complejidad de los montajes de Van Halen. Cuando lo normal es que el resto de las bandas no tuvieran más de cuatro camiones, durante sus años de mayor fama Van Halen giraba con dieciocho vehículos, en los que se transportaban un escenario de varias toneladas, más de 850 focos, así como los amplificadores e instrumentos.

Todo ello obligaba a tener especial cuidado con el montaje del espectáculo y explicar exhaustivamente hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, la cláusula 148 establecía «Habrá enchufes de voltaje de 15 amperios a una distancia de 20 pies, de manera uniforme, proporcionando 19 amperios». Esta minuciosidad provocaba que, como recordaba David Lee Roth, los contratos de Van Halen fueran como «el listín de teléfonos chino».

Si bien no eran tan extensos como exageraba el cantante, lo cierto es que eran documentos que tenían más de cincuenta páginas y superaban los quinientos apartados, lo que provocaba que los promotores menos diligentes tuvieran la tentación de no leer todas y cada una de las cláusulas.

Asimismo, las urgencias de las giras, hacían que resultase imposible que, al llegar al lugar, el equipo de colaboradores del grupo tuviera tiempo de revisar todos y cada uno de los detalles del escenario. Sin embargo, no hacerlo podía provocar riesgos para la integridad tanto de público como de los músicos. Por eso, había que buscar una fórmula sencilla y eficaz para saber si todo estaba en orden.

La solución fue incluir, en mitad de esas cincuenta páginas, una cláusula, la 126, que establecía que, debería haber en el camerino un recipiente con M&M’s pero, bajo ningún concepto, debía contener los de color marrón, algo que solo era posible conseguir quitándolos a mano uno a uno.

«Cuando en ocasiones llegábamos dos o tres horas antes al recinto, veíamos a dos camareras con guantes de plástico quitando uno a uno todos los M&M’s de color marrón», relataba David Lee Roth, que explicaba cómo con tan solo echar un vistazo al recipiente, sabían si el promotor se había leído y cumplido con el medio centenar de páginas.

Por ello, cuando el grupo llegó al concierto de Nuevo México y vio los M&M’s marrones, supo que algo no estaba bien. No se equivocaban. El recinto para el concierto era un flamante pabellón de baloncesto cuya cancha estaba fabricada con goma reciclada. De esta manera, el suelo era blando y mullido, perfecto para correr sobre él, pero no muy adecuado para soportar miles de kilos.

El promotor, que no había leído el contrato, mandó levantar el escenario y provocó que el suelo se hundiera alrededor de seis pulgadas (más de 15 centímetros), generando unos desperfectos que superaron con creces los destrozos del camerino.

Imitados por otros profesionales

La originalidad, inteligencia y eficacia de la cláusula M&M’s ha hecho que sea imitada por otros grupos de rock o por profesionales de otros ámbitos que poco tienen que ver con la música, como los jueces de las cortes de justicia de Estados Unidos.

El coordinador de las giras de The Rolling Stones, Michael Ahearn, incluyó una cláusula M&M’s en los contratos del grupo, aunque a diferencia de Van Halen, exigía que los únicos M&M’s que hubiera fueran los marrones.

Por su parte, la Corte Suprema de los Estados Unidos exige que los informes de las partes tengan un número máximo de páginas y se presenten escritos en una tipografía Century de 12 puntos. Cuando se trata de apelaciones ante la Corte Federal, el cuerpo de la tipografía debe ser 14.

Si bien estos detalles no deberían influir en la decisión del juez, pues no afectan al fondo del asunto o a los preceptos legales que vulnera o sobre los que se afianza la petición, la experiencia demuestra que los magistrados suelen ser menos receptivos a los escritos que no cumplen con ellos.

En 2014, por ejemplo, los abogados que representaban a la compañía BP en el proceso Deepwater Horizon, decidieron sacar más provecho de los folios reduciendo ligeramente los interlineados exigidos por el tribunal.

Cuando el juez Carl A Barbier descubrió la artimaña, advirtió severamente a los abogados sobre el hecho argumentando que «el tribunal no debería tener que perder el tiempo en vigilar reglas tan simples, particularmente en un caso tan masivo y complejo como este».