Foodtech: tecnología para comer con seguridad tras la COVID-19

La introducción de la tecnología en el sector permitirá a las empresas recuperar la confianza de los consumidores tras la pandemia


Confianza, seguridad, comodidad, rapidez. Estas son solo algunas de las muchas preferencias que el último estudio de KPMG asocia a las preferencias de los nuevos consumidores. La pandemia no solo ha provocado un nuevo cambio de ciclo económico, sino que ha desdibujado las relaciones socioeconómicas y culturales como no se había visto en siglos.

Y ahora, la tecnología promete ocupar espacios huérfanos vitales para superar los cuantiosos retos del futuro. “Una nueva realidad implica un nuevo consumidor”, apunta la consultora en “Consumidores y nueva realidad: Primer sondeo”. Ni las formas ni los contenidos del pasado responden ya a unas expectativas coherentes con un mundo nuevo y desconocido.

La COVID-19 está provocando cambios en los hábitos, preferencias y expectativas de los consumidores”, sigue. “Está surgiendo así un nuevo perfil de cliente, con una capacidad de gasto reducida por los efectos económicos de la pandemia, más selectivo a la hora de adquirir nuevos productos o servicios, mucho más habituado al uso de los canales digitales y con más principios y exigencias a las marcas en la protección que le brindan y en su impacto social”.

Cambios y más cambios

Aunque el 70% de los consumidores siguen priorizando el precio y la calidad a la hora de discriminar productos, la crisis ha disparado la importancia de la seguridad. Tras un año de pánico generalizado, casi la mitad de los españoles —un 40% a nivel mundial— consideran ya este aspecto importante a la hora de comprar. Resulta evidente el efecto que han tenido las medidas sanitarias de contención en la percepción del riesgo.

Limitaciones de aforo, hidrogeles, lavados de manos continuados. Si bien los esfuerzos de las instituciones iban dirigidos a la ralentización de los contagios en un contexto muy específico, cada paso dado ha ido dibujando una nueva realidad que perdurará durante los años venideros. Así es como la seguridad, un factor tradicionalmente subordinado a otras preferencias ejerce ahora con entidad y proyección propia.

Es ahí donde entra en juego la tecnología. Esta se ha autoproclamado medio y fin resolutivo de todos los problemas ocasionados por el virus, reafirmando las ideas y promesas que ya venía arrastrando bajo la ocasionalmente soflama “Transformación Digital”. No se trata de la tecnología mágica y absoluta a la que acuden empresas e instituciones para resolver todos sus problemas, sino a aquella garante de seguridad.

Las nuevas herramientas y aplicaciones digitales dotan de fiabilidad y protección a casi todos los aspectos de la vida. No es extraño así que, entre otras cosas, los compradores españoles que recurrían al canal online con frecuencia hayan aumentado dieciséis puntos porcentuales durante el 2020, hasta el 46% del total. El e-Commerce es el gran benefactor de este cambio de paradigma, pero no exclusivamente.

Como bien está demostrando la Industria 4.0, la digitalización y automatización afecta a prácticamente todos los sectores y actividades económicas. El Internet de las Cosas apunta a todos y cada uno de los dispositivos existentes, y la Inteligencia Artificial está dando pasos importantes de integración en mercados típicamente reacios a las innovaciones.

LegalTech, TravelTech, WealthTech, FinTech. Los anglicismos que inundan los medios de comunicación no son más que producto de este fenómeno tecnológico, del que, claro, tampoco es ajeno el sector de la alimentación. De hecho, y aunque suene paradójico, la conocida como FoodTech se ha visto beneficiada por la mayor pandemia del último siglo.

Ingredientes de una receta perfecta

Nació como un simple aderezo estilístico y presumido de las capacidades tecnológicas, y poco a poco fue adquiriendo un componente ético y sostenible con dirección clara.

En menos de dos décadas el FoodTech —que no tecnología de los alimentos— ha dejado de ser un foco de amarillismo periodístico para convertirse en una herramienta real de las instituciones mundiales de cara a combatir algunos de los retos más preocupantes del futuro.

Tal y como recoge la ONU en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la industria alimentaria consume un 30% del total de la energía producida por toda la humanidad, y es responsable de hasta el 22% de los gases de efecto invernadero (GHC). Cada año se desperdicia un tercio de toda la comida producida, y el 26% de la población padece sobrepeso u obesidad.

Se estima que cerca de 690 millones de personas (el 8,9% de la población mundial) padecen hambre, y que en tan solo una década serán más de 840 millones los afectados. Para 2050 habrá 2.000 millones de individuos poblando la Tierra, y los recursos son finitos. ¿Cómo resolverlo? No existe una respuesta certera, pero en lo que sí coinciden las asociaciones es en la importancia de la redistribución y racionalización del consumo.

La hambruna es, así un reto hecho a medida de las FoodTech, o más bien al revés. El ajuste quizás sea casual pero es del todo afortunado para unas startups que cada año acaparan más recursos de las sonadas rondas de financiación. Si a ello le añadimos la predilección filosófica-estilística por todo lo tecnológico y la aceptación del consumidor post-COVID hacia el entorno online, nos topamos con la receta que respalda el éxito de este fenómeno.

Ahora bien, este conjunto de proyectos tecnológicos basados en la IA, el IoT y el resto de tendencias amparadas en la digitalización son todavía pequeñas gotas en un mar paleozólico. Sus agresivos enfoques y el escaso valor que se descolgada de los objetivos propuestos generaban dudas.

No ha sido hasta hace unos pocos años cuando los inversores han comenzado a ver en dichas empresas una oportunidad de futuro. Tal y como señala BIS Research en el estudio “Global Food Tech Market Analysis & Forecast 2016-2022”, en tan solo dos ejercicios esta tendencia desembocará en un mercado de más de 250.000 millones de dólares.

En Europa, durante los peores momentos de la pandemia, el sector seguía demostrando resistencia enlazada a los factores contextuales descritos. Amazon invertía 2.000 millones de dólares en empresas “limpias”, de las que formaban parte algunas del frente Agrofood, y el instituto europeo EIT Food otorgaba más de 6 millones de euros a innovaciones alimentarias encaminadas a combatir los problemas del coronavirus.

Para Klaus Grunert, responsable de Gestión de la Universidad de Aarhus, es innegable que la crisis ha afectado a los pronósticos de la FoodTech, pero de forma positiva. “La COVID-19 ha cambiado la forma de pensar, comprar, planificar y consumir de la gente”, apunta. Sin embargo, “han aumentado varias tendencias positivas en torno a la sostenibilidad y la salud”.

En opinión de Saskia Nuijten, Directora de Comunicación en EIT Food, la respuesta de las empresas dedicadas a este gap no puede ser continuista. Es necesario una contextualización y coordinación de recursos y conocimientos. “Las soluciones se basarán en la colaboración y las asociaciones intersectoriales.”

Retos y esperanzas

Los emprendedores afincados al FoodTech tienen todo de cara para consolidarse en la próxima década, pero eso no significa que no vayan a toparse con más de una dificultad. La falta de una infraestructura público-privada condicionará su crecimiento en parte, y la inestabilidad de los mercados harán de cada triunfo un acierto fortuito.

El estudio Europe Food Tech Trends H1 2020, elaborado por Forward Fooding, la primera plataforma colaborativa de la industria, señala factores de riesgo como la escasez de mano, la volatilidad laboral, la digitalización, las ineficiencias de la cadena de suministro, los cambios del consumidor o la rigidez tradicional de la distribución.

No obstante, tal y como lo ve el CEO de la compañía Alessio D’Antino, estas mismas dificultades son las que han incentivado el desarrollo de la agricultura vertical, la optimización y la biodiversidad de cultivos, la búsqueda de proteínas alternativas a la carne de animales sacrificados, la trazabilidad basada en Blockchain o la nutrición personalizada.

Sobre estos pilares se promocionan y crecen las startups financiadas con recursos comunitarios. Son empresas como Farmidable, encargada de poner en contacto a productores directamente con el consumidor, o Too Good To Go, el proyecto danés que recoge excedente de locales para luchar contra el desperdicio de alimentos.

"Estas startups son un soplo de aire fresco en una industria alimentaria que está diseñada para trabajar rentablemente sólo con productos que se venden a una escala enorme", apunta Jaime Martín, CEO la consultora de innovación Lantern. La industria evoluciona, rota y va abriendo nuevos espacios para la innovación.

Startups llamadas a liderar

De acuerdo con datos de Forward Fooding, las startups europeas dedicadas al FoodTech lograron en tan solo cinco años triplicar su recaudación, pasando de los 538 millones de euros de 2014 a los 1.600 millones del pasado 2019. Es complicado destacar a unas sobre otras por simples cuestiones cuantitativas, pero estas son sin duda las más influyentes.

Han surgido productos mejores para los humanos, mejores para la naturaleza, y, más importante, mejores en términos de creatividad”, explica José Luis Cabañero, CEO de la aceleradora más importante del sector, Eatable Adventures. En España — aunque no exclusivamente— están naciendo importantes centros de investigación biotecnológica. Cosa que, en su opinión, se debe al crecimiento de la sostenibilidad como valor competitivo.

"Toda empresa de nueva creación se ocupa de la sostenibilidad, ya que, por ejemplo, hay una gran demanda de productos vegetales”, añade. “Estos negocios están trabajando por alcanzar una huella de carbono negativa". Y en ese sentido se están multiplicando por todo el continente las empresas dispuestas a aprovechar el nuevo gap del mercado.

Tal y como apunta la agTech AgFunder, en 2020 están destacando las empresas de restauración —tanto física como online—, el eGrocery, los marketplaces, el Home & Cooking, el Ag Biotech, la robótica de granja, la bioenergía y los biomateriales, la innovación alimentaria y la logística intermediaria.

Agrivi – Croacia

Impulsado por su compromiso social y por el creciente problema de la hambruna mundial, Matija Zulj decidió en 2013 abandonar el departamento de IT en el que trabajaba para convertirse en agricultor y conocer de primera mano el sector. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que las fuentes de información y las herramientas digitales en el campo son paupérrimas.

Así, ese mismo año, decidió fundar Agrivi, una solución de software de gestión dispuesta para convertir la anacrónica toma de decisión agrícola en un proceso fundamentado de datos estructurados.

Tres eran sus objetivos: optimizar la producción mejorando las prácticas agrícolas, proteger los cultivos a través de sistemas de detección de plagas, y mejorar la vida general del campo mediante la rentabilidad y la sostenibilidad.

La empresa presume en la acualidad de haber recogido en diferentes rondas de inversión hasta 1,3 millones de euros, y de colaborar con cooperativas, agroalimentarias, ONG y gobiernos de más de 150 países distintos. En 2014 sería nombrada Mejor Empresa Emergente del Mundo en el certamen anual de Seúl.

Jimini’s - Francia

Si la idea croata perseguía cambios estructurales, este otro proyecto galo es el resultado de dichas transformaciones. La innovación en el sector no solo es metodológica, sino que también deriva en nuevos productos y categorías hasta hace unos pocos años impensables. En 2012 dos franceses demostraron que había espacio para la demanda de insectos comestibles en la cocina europea, y acertaron.

Su idea no perseguía únicamente imponer disrupción estética o amarillista, sino demostrar que la alimentación rica en proteínas es posible sin acudir a emisiones de gases contaminantes ni a la creación de centros de producción en masa éticamente cuestionables. Jimini’s ha recaudado ya más de 1 millón de dólares desde su fundación, y comercializa desde barras de proteínas hasta pasta.

Notpla – Reino Unido

Se hicieron famosos gracias a la viralización de un vídeo por redes sociales en 2013 y desde entonces no han dejado de crecer motivados por un objetivo claro: reducir los residuos que terminan en los océanos acabando con los envases y plásticos del sector. ¿Cómo? Apostando por unas pequeñas bolsas comestibles hechas a base de algas marinas.

Rodrigo García González y Pierre Paslier convirtieron su conocimiento técnico obtenido en el Imperial College London y la Royal College of Art, en las bases de Skipping Rocks Lab. Era 2013, y estaban a pocos meses de hacerse mundialmente famosos gracias al spot de su primer producto, Ooho; una suerte de bolsita ideal para corredores y deportistas.

Ese mismo año se unieron a la aceleradora europea de innovación climática, Climate KIC, y comenzaron a colaborar con todo tipo de químicos e ingenieros para alcanzar la escalabilidad del negocio. En 2017, con un negocio ya establecido y buscando inversores, comenzaron a acaparar capital de distintas rondas. Un año después obtuvieron los fondos para desarrollar su segundo producto: NOTPLA.

Este fue tan exitoso, que decidieron cambiar el nombre de la compañía. Hasta el momento el proyecto ya ha recaudado más de 1 millón de dólares y se ha extendido a nivel mundial por numerosos países.

Natural Machines - España

La impresión 3D también ha llegado al sector y una de las empresas que lo abandera desde el FoodTech es la española Natural Machines. Fundada en 2012, esta empresa ha logrado convertir a su impresora Foodini en un verdadero referente de esta herramienta escalable y perseguida por la cocina experimental y alternativa.

Se trata de un aparato vinculable a una aplicación de teléfono, con la que el usuario puede seleccionar patrones y formas, introduciendo alimentos propios a placer. Estos pasan por unas boquillas que encapsulan la comida y le dan forma tal y como hacen las impresoras de inyección de tinta.

Es una forma sencilla de hacer comida casera, y un método para incrementar la eficiencia general en la cocina”, apunta la cofundadora y CMO Lynette Kucsma. Foodini cuesta aproximadamente 4.000 euros, y ya ha recibido múltiples premios por su valor de mercado. Se encuentra en el 5% superior de la lista FoodTech 500 —la lista Forbes del sector— y su acumulado en rondas de inversión supera los 3 millones de dólares.

La lista de startups dedicadas a revolucionar la industria de la alimentación es prácticamente infinita. En Alemania Agrilution ofrece la posibilidad de cultivar huertos dentro de casa, la robotización del campo propuesta por la francesa Naïo Technologies ya lleva casi 20 millones de dólares recaudados, y AgriCool ha recogido casi 40 millones repartiendo pequeñas granjas por ciudades de toda Europa.

Las FoodTech están viviendo una primavera de innovación y crecimiento alimentada por un contexto de cambios irreversibles. En Yoigo Negocios estamos con aquellas ideas capaces de mejorar la vida de las personas y de proteger el planeta. Si quieres seguir conociendo otras tendencias como estas, llama al 900 676 535 o visita nuestra web.