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El futuro de los Bancos: ¿Hacia su edad de oro o hacia una era oscura?

8 min

Las fintech, las criptomonedas, el cambio de paradigmas que vivimos gracias a la tecnología, ¿cómo afectan a la banca tal y como la conocemos?


El futuro de los bancos europeos se plantea en términos de prueba de fuego. La banca tradicional enfrenta una guerra en cuatro frentes letales que van a poner a prueba su resistencia.

Estos cuatro frentes son:

  • La aparición de competidores que nunca han estado en el radar de la banca tradicional. Es decir, gigantes tecnológicos nacidos con una orientación nada parecida a la de un banco, que repentinamente adquieren la ambición de ser un banco.
  • El reclamo del consumidor, que demanda una transformación radical y vertiginosa de la banca tradicional a un modelo mucho más digital.
  • Los tipos de interés y las políticas de los bancos centrales, son de todo menos confortables para la banca tradicional, y muestran una clara tendencia a arreciar.
  • La incertidumbre geopolítica que jalona el escenario económico hacia lo imprevisible y el incremento de los factores de riesgo.

Y claro, a las grandes entidades financieras no les sientan bien las sorpresas. Les gusta la previsibilidad, la certidumbre, el mar en calma. Esto quiere decir que aspiran a la tranquilidad de una competencia estable y reducida, a un entorno que no les exija transformaciones brutales para hacer felices a sus clientes, a unos tipos de interés saludablemente altos que les dejen un margen amplio y sabroso por sus créditos y depósitos y a un horizonte internacional donde las grandes potencias geopolíticas no generen graves turbulencias con sus enfrentamientos.

Desafortunadamente para estas empresas, esa hipotética carta a los Reyes Magos les ha venido devuelta. Para empezar, la fortísimas tensiones comerciales entre China y Estados Unidos y entre Reino Unido y la Unión Europea prometen un escenario lleno a rebosar de incertidumbre para los próximos meses y años.

A las dudas sobre las consecuencias de las tensiones para la economía mundial, debemos añadir imprevistos como el ataque que ha sufrido en septiembre Arabia Saudí y su repercusión en el belicismo de Donald Trump contra Irán o en el precio del petróleo, que se ha disparado. Los grandes bancos europeos, aún heridos por la cuchillada que supuso la crisis financiera, deberán navegar con habilidad estas aguas revueltas. No será sencillo.

Otro frente muy peligroso lo representan las medidas que están tomando algunos reguladores para evitar un enfriamiento precipitado de la economía. El Banco Central Europeo anunció a mediados de septiembre que cobraría más a las entidades financieras por guardarles su dinero y muchos analistas contemplan un nuevo encarecimiento en diciembre. Con la tasa anterior, los bancos ya pagaban casi 7.000 millones de euros en intereses. Adicionalmente, el BCE se ha mostrado dispuesto a mantener los tipos de interés por los suelos.

Como explicábamos en un artículo anterior, los tipos de interés hundidos provocan un daño brutal a las entidades financieras, porque uno de sus principales negocios consiste en invertir el dinero de las cuentas de sus clientes en depósitos a corto plazo y devolverles solo una parte de la rentabilidad que obtienen con ellos. La rentabilidad de esos depósitos a corto plazo sube y baja con los tipos de interés. Como colofón, cuanto más bajan los tipos, menos ganan los bancos prestando su dinero, porque la diferencia entre lo que les cuesta conseguirlo y lo que les pagan sus clientes por prestárselo se reduce.

Quizás lo más inquietante sea que los bancos están sufriendo una durísima dentellada en sus balances y un escenario con grandes dosis de incertidumbre geopolítica justo en el momento en el que se está acelerando el cambio en los hábitos de consumo de sus clientes.

Según un estudio de Visa Europe, más del 90% de los millennials comunitarios (nacidos en los años ochenta y noventa) habrá adoptado la tecnología de los pagos móviles el año que viene. Al mismo tiempo, según el estudio, casi el 80% de los europeos, con independencia de su edad, ya está pagando mediante la tableta o el smartphone y el 60% consulta el estado de sus cuentas mediante una app. España no se está quedando atrás. Según un análisis reciente, el año pasado, la penetración de la banca móvil rondó el 50%, nuestro país se coronó como el segundo en el ranking mundial en penetración de las apps financieras con un 10,4% y más del 83% de los consumidores españoles había realizado ya algún pago desde el móvil.

Bancos en jaque: reinventarse o morir

Por supuesto, todos estos avances son solo un ejemplo de la potentísima corriente de circunstancias que está forzando a las entidades financieras a recortar y reinventar sus sucursales, a reciclar a sus empleados para que aprendan a ofrecer otro tipo de servicios y a invertir miles de millones en digitalización, en inteligencia artificial, en automatización de procesos y en datos masivos. Es un desafío en el que las entidades se van a jugar su supervivencia, porque nos encontramos ante el tipo de cambios vertiginosos que dejan a una empresa obsoleta en menos de diez años. Nadie quiere pagar el precio que pagó Kodak durante la irrupción de la fotografía digital.

Además, el viraje vertiginoso de los hábitos de los consumidores se está solapando con la multiplicación de la competencia. La directiva europea de medios de pago, conocida como PSD2, ha entrado en vigor en septiembre. Esta norma fuerza a los bancos a facilitar que otras compañías accedan a los datos de las cuentas de sus clientes siempre que éstos lo autoricen. El mejor muro de contención contra sus nuevos adversarios había sido, hasta el momento, que las entidades financieras se negaban a compartir esa información.

Ahora, sin embargo, las reglas han cambiado y, en consecuencia, los peligros se han multiplicado exponencialmente. Para empezar, los gigantes tecnológicos de Silicon Valley podrían utilizar la información de los clientes de los bancos para acercarse a ellos y ofrecerles los mejores servicios de la competencia. Les podrían sugerir créditos más baratos en otras entidades, las transferencias más económicas de una pequeña compañía tecnológico-financiera (fintech) o los mismísimos productos estelares de inversión de su rival más feroz.

Merece la pena recordar en este sentido que, hasta la fecha, los bancos se habían beneficiado del enorme poder de sus marcas, del miedo a perder los ahorros que trajeron la crisis y sus rescates de entidades con dinero público y, finalmente, de la hiperespecialización de las diminutas startups financieras o fintech. Los ahorradores e inversores no querían experimentos con empresas que no conocieran y ninguna startup podía propocionarles en solitario la amplia gama de servicios que les proporcionaba su banco.

¿Pero qué ocurrirá cuando intervengan en la ecuación unos gigantes tecnológicos cuyos nombres los ahorradores y los inversores no solo conocen sino que, muchas veces, también admiran? ¿Qué sucederá si esos titanes empresariales multiplican la potencia de fuego de las startups haciendo que cada una de ellas ofrezca lo que mejor sabe hacer y dejando que sus servicios se puedan contratar con la misma facilidad que compramos música en una tienda electrónica? ¿Hasta qué punto no se producirá una revolución si los bancos y las startups financieras se ven obligados a competir bajo el escrutinio y las valoraciones de unos usuarios que puedan comparar fácilmente las características y los precios de sus ofertas?

Todas esas incógnitas se vuelven mucho más inquietantes para las viejas entidades financieras si recordamos los sudores fríos que recorren las espaldas de sus directivos cuando piensan en la capacidad disruptiva de las fintech. Hace pocos años, no resultaban especialmente preocupantes, porque ni contaban con tantos recursos para innovar, ni estaba claro el potencial revolucionario de nuevas tecnologías como blockchain, ni podían acceder a los datos de los clientes de los bancos para ofrecerles sus servicios. Ése era el mundo de ayer. El año pasado, sin embargo, el sector fintech recibió una inversión de más de 110.000 millones de dólares en todo el mundo y buena parte se canalizó hacia las startups. ¿Cuánto tardará una de ellas en dar con la tecla de una innovación que haga temblar los cimientos del sector financiero?

También es peliagudo para los bancos que los cíclopes tecnológicos conviertan a alguno de sus rivales más poderosos en su aliado preferente. De esta forma, su nuevo enemigo combinaría todo el músculo de una entidad financiera tradicional y, además, los bíceps de una de las multinacionales más innovadoras del mundo. Sería como obligar al Real Madrid a enfrentarse, al mismo tiempo, al Barcelona y a otro equipo de la Champions. Serían 22 jugadores contra 11 y, naturalmente, el Barça y su nuevo amigo jugarían en casa. Las multinaciones de Silicon Valley siempre lo hacen cuando se trata de sectores en plena disrupción digital.

Otra amenaza considerable para las entidades financieras tiene que ver con que los gigantes tecnológicos empiecen a actuar, al menos superficialmente, como bancos. Amazon ha empezado a ofrecer servicios financieros a sus clientes en algunos mercados, Facebook ha creado su propia moneda digital y posee empresas especializadas en pagos por internet y Google obtuvo el año pasado una licencia para operar como fintech en un país europeo.

En realidad, transformarse en bancos no es una prioridad para ellos porque la lista de normas y leyes que deberían cumplir es larguísima y porque este sector está sometido a una fortísima supervisión por parte de los reguladores. Lo que quieren, por el momento, es proporcionar a los usuarios de sus marketplaces facilidades financieras para que multipliquen sus compras. Además, como ya hemos comentado, están viendo hasta dónde pueden revolucionar el sistema bancario. También han trabado alianzas con algunos de las mayores entidades financieras del mundo para ofrecerles su software de pagos y cobros móviles y aprender de ellas.

Como se ve, la hora más oscura de los bancos viene definida por cuatro frentes abrumadores ante los que las empresas deberán demostrar un talento excepcional. En contra de su deseos, la competencia no va a ser ni reducida ni previsible, las transformaciones que demandan sus clientes no son graduales y superficiales sino profundísimas y vertiginosas, los tipos de interés y las políticas de los bancos centrales no solo no los van a ayudar sino volverán aún más pesada la carga… y las incertidumbres geopolíticas, que cuestionan desde la unidad de Europa hasta la globalización y la estabilidad del precio de la energía, dañarán sus balances.

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