Sargadelos: La vanguardista cerámica de una aldea gallega

Tradición e innovación son las claves del éxito de esta empresa inimitable que ha ayudado a difundir la Marca España por el mundo.


La práctica totalidad de las manifestaciones culturales humanas están conectadas de una u otra forma. Las migraciones e intercambios comerciales han hecho que una misma historia o canción se narre o interprete, con más o menos similitudes, en diferentes puntos del mundo.

Lo mismo sucede con las técnicas artesanales o artísticas.

Sin embargo, hay un fenómeno que podría hacer dudar de esa teoría: la cerámica de Sargadelos, cuyos referentes estéticos son difíciles de rastrear porque parecen proceder, no de una pequeña aldea gallega sino, directamente, de otro planeta.

Estilo inimitable

En el municipio lucense de Cervo se encuentra Santiago de Sargadelos, una aldea y parroquia formada por ocho "entidades de población", clasificación difícil de definir, de la que se deduce que no se trata de ciudades, ni pedanías, ni pueblos. Vamos, que no es precisamente un territorio extenso o poblado.

Según el censo de 2019, esa localidad de la comarca de la Mariña Occidental apenas aglutina a 124 habitantes; 37 menos que en el mismo estudio realizado en el año 2000.

Aunque es cierto que, hacia finales de julio, estos números suelen aumentar gracias a aquellos que regresan al lugar donde nacieron o, sencillamente, por los visitantes que se acercan a disfrutar de las fiestas patronales en honor del apóstol Santiago.

Todas esas características demográficas y de organización administrativa invitarían a pensar que Santiago de Sargadelos, conocida simplemente como Sargadelos, no es más que otra aldea de las muchas que se reparten por Galicia. Nada más lejos de la realidad.

Desde hace siglos, y especialmente desde mediados del XX, el lugar es un referente mundial en lo que se refiere a la fabricación de cerámica. Un logro fruto de unos diseños inusuales que mezclan tradición con vanguardia y que no tienen equivalente en otros lugares. Cualquier intento de hacer algo parecido no podrá evitar el demoledor veredicto de "parece de Sargadelos".

Al margen de los estereotipos

"Cuando los aficionados a las chucherías de todo el mundo piensan en la porcelana española, suele venir a la mente las doncellas pastel de Lladró. Esas estatuillas dulces, congeladas para siempre en un momento tierno, han cautivado durante mucho tiempo a los coleccionistas de Estados Unidos, Japón y Europa", comentaba en The New York Times Dale Fuchs.

Para sorpresa de los lectores del diario, la periodista estadounidense afirmaba: "sin embargo, cuando los españoles reflexionan sobre su porcelana nacional, surge una imagen radicalmente diferente: una de colores primarios atrevidos, patrones geométricos y figurillas naif que bordean la abstracción.

Estas piezas tienen un espíritu más cercano a Picasso que a Cenicienta. Algunas de ellas, máscaras de carnaval y amuletos protectores, son positivamente siniestros. Esta cerámica vanguardista lleva la etiqueta Sargadelos".

En su artículo, Fuchs también conversaba con Carlos Sánchez, propietario de una de las tiendas de recuerdos típicos ubicada frente al Museo del Prado, entre cuya oferta se encontraban piezas de Sargadelos.

Según explicaba Sánchez, mientras que las piezas de Lladró habían visto cómo descendía su demanda, la cerámica de la marca gallega había experimentado un crecimiento considerable porque, según él, "los extranjeros esperan castañuelas, bailaores de flamenco y otros estereotipos españoles, y les sorprende gratamente encontrar algo totalmente opuesto".

Entre la ilustración y la industrialización

El origen de Sargadelos se remonta a 1806, cuando el industrial y comerciante asturiano Antonio Raimundo Ibáñez —que ya había puesto en marcha en la región una fundición para fabricar material bélico, estatuas ornamentales o bienes para uso doméstico— fundó una fábrica para fabricar loza tipo Bristol.

Esa variedad, poco frecuente en la España de la época, se caracterizaba por las estampaciones con tintas cerámicas antes de la primera cocción que son, posteriormente, metalizadas en algunas partes de la pieza.

A medio camino entre las ideas ilustradas y las nuevas técnicas industriales desarrolladas en Inglaterra, Ibáñez comenzó a fabricar una cerámica que se alejaba de lo artesanal e introducía la fabricación con moldes y la decoración mecánica.

Una nueva industria que, si se desarrolló en Sargadelos, no fue por casualidad. Entre las riquezas de la zona se encuentran varios yacimientos de caolín, una arcilla blanca de alta pureza, óptima para la fabricación de porcelanas, aprestos y medicamentos.

Antonio Raimundo Ibáñez

En 1809, poco tiempo después de la fundación de la fábrica, Ibáñez fallecía a la edad de 59 años. La empresa pasó entonces a manos de su hijo que, lejos de malograrla, como sucede en muchos casos con las segundas generaciones, la hizo crecer.

Entre las innovaciones puestas en marcha por José Ibáñez, estuvieron ampliar las instalaciones de la fábrica, colocar tres hornos para producción de piezas, dos para realizar pruebas y alcanzar un nivel de producción que permitía servir alrededor de 20.000 unidades anuales.

En 1835, para potenciar esa política de crecimiento, Ibáñez se asoció con Antonio Tapia obteniendo tan buenos resultados, que Sargadelos se convirtió en una empresa deseable para otros inversores.

Entre ellos estaba Luis de la Riva, propietario de una empresa en Santiago de Compostela, que ,en 1845, decidió arrendar a sus propietarios originales la administración de Sargadelos.

Bajo el control de De la Riva y la dirección artística de Edwin Forester, Sargadelos comenzó a trabajar la loza china opaca, incorporó nuevos ornamentos y vivió una etapa de esplendor de la que dan buena cuenta datos como el número de trabajadores de la compañía —más de 1000 familias de la zona— o el volumen de producción de la fábrica, cuyas piezas eran distribuidas en España y el extranjero en 200 carros y 20 barcos.

Sin embargo, toda la buena gestión realizada por José Ibáñez tras la muerte de su padre, se truncó a partir de 1873, fecha en la que la familia fundadora recuperó el control de la empresa.

En esa nueva etapa, lejos de seguir invirtiendo en instalaciones e investigación, la familia decidió vivir del prestigio obtenido.

Entre sus decisiones estuvo la de prescindir de los profesionales extranjeros, lo que provocó un descenso en la calidad de los productos, que fue rápidamente percibido por los clientes.

Las ventas de la compañía se resintieron y no tardaron en surgir rencillas entre los diferentes herederos. Incapaces de remontar la situación, en 1875 Sargadelos cerró, poniendo así fin a la primera etapa de la compañía.

Tierra de emigración

Gracias a su salida al mar, Galicia ha sido tradicionalmente una tierra de emigración. Esta tendencia se vio acentuada con las mejoras de los medios de transporte asociados a la Revolución Industrial, que permitieron recorrer más distancias en mejores condiciones y menos tiempo.

De este modo, desde mediados del siglo XIX fue considerable la población gallega que decidió probar suerte en otros lugares, especialmente en territorios de ultramar que compartían idioma, como Argentina, Venezuela, México o Cuba.

Entre 1881 y 1890, más de 150.000 gallegos abandonaron su tierra de origen. Una cantidad que seguiría creciendo hasta alcanzar su punto máximo en la década de 1900 y 1910 con 400.000 personas

Otra de las grandes olas migratorias se produjo al finalizar la Guerra Civil aunque, en esa ocasión, los implicados no solo eran agricultores u obreros manuales sino profesionales liberales e intelectuales que abandonaban su tierra, no por cuestiones laborales, sino para salvar su vida escapando de la represión.

A mediados de los años 50, algunos de esos profesionales exiliados en Buenos Aires, entre los que se encontraban los artistas Luis Seoane, el ceramista Fernando Arranz y el arquitecto Andrés Albalat, recibieron la visita de Isaac Pardo Díaz, hijo de Camilo Díaz Baliño, intelectual gallego amigo de Castelao que había sido fusilado por el bando sublevado al poco de comenzar la Guerra Civil.

Pintor y escenógrafo, Díaz Pardo había fundado en la Galicia de 1949 una fábrica de cerámica a través de la cual buscaba renovar esa disciplina. Una experiencia que quiso repetir en Argentina, ayudado por el talento de Arranz, Seoane y Albalat.

De esa iniciativa surgió el Laboratorio de Formas, proyecto destinado a recuperar formas cerámicas del pasado, que acabó dando lugar a otra fábrica de cerámica, esta vez en Magdalena, ciudad del Gran Buenos Aires, el área metropolitana de la capital.

Dicha empresa no solo se convirtió en un centro vanguardista y de experimentación en el campo de la cerámica, sino que puso en práctica nuevas formas de organización laboral, como una ordenación del trabajo circular.

A diferencia de las teorías fordistas que buscaban la especialización total del operario, los responsables de la fábrica de Magdalena procuraban que los trabajadores rotasen por todos los puestos de la cadena de producción para que se familiarizasen con las diferentes fases de la fabricación.

Los buenos resultados obtenidos por el Laboratorio de Formas en Argentina hicieron que Pardo Díaz decidiera aplicarlos en España.

Para ello emprendió un proyecto más ambicioso: recuperar la antigua fábrica de Sargadelos, erigiendo un nuevo edificio y respetando las ruinas del antiguo complejo industrial, en la actualidad clasificadas como Bien de Interés Cultural.

Inaugurada en 1970, la nueva Sargadelos se convirtió en una forma de reivindicar la identidad gallega a través de las vanguardistas piezas de cerámica creadas por Seoane y Pardo Díaz.

Eran obras que se caracterizaban por los motivos geométricos inspirados en la tradición de la zona y una limitada gama cromática: tan solo azul, negro con algunos toques de rojo, porque esta última tinta encarecía la producción.

Auge, caída y recuperación

Además de los originales diseños y buenos acabados de sus piezas, el éxito de Sargadelos se basó en una inteligente red de distribución, que combinaba la presencia de la marca en centros comerciales de referencia como El Corte Inglés, con una serie de galerías propias ubicadas los mejores enclaves de ciudades como Madrid, Pontevedra o Lugo.

Dichos locales servían, además de como punto de venta, como lugares de promoción de la cultura gallega.

De este modo, junto a una amplia variedad de los productos de la marca, las galerías acogían actividades culturales y contaban con una sección de librería con títulos relacionados de una u otra forma con la región, muchos de los cuales estaban publicados por Ediciós do Castro, editorial vinculada al grupo Sargadelos y cuyo catálogo llegó a tener más de 1000 referencias.

Gracias a todas esas actividades, durante varias décadas Sargadelos fue un importante referente cultural y una empresa envidiable. Sin embargo, en los primeros años del siglo XXI, la compañía comenzó a sufrir una serie de dificultades que amenazaron su continuidad y cuya gestión generó no pocos daños a la reputación de marca.

Isaac Pardo Díaz, propietario de una cuarta parte de la empresa, inició un contencioso con el resto de socios, que pretendían desvirtuar el proyecto cultural y gestionar Sargadelos únicamente con criterios de rentabilidad.

Ese enfrentamiento provocó que Pardo Díaz fuera relevado de sus responsabilidades en Sargadelos, cuya nueva dirección tomó una serie de controvertidas decisiones.

Entre ellas estuvo la puesta en marcha de un ERE en 2010, que fue declarado nulo posteriormente por el Tribunal Supremo. Además, se inició un concurso de acreedores y se anunció el despido de 49 empleados en el plazo de dos meses, lo que enrareció las relaciones con los trabajadores, especialmente con una de sus representantes sindicales.

Dicha empleada, veterana de la compañía desde 1974, había reclamado que se aumentase el sueldo a parte de la plantilla, lo que fue respondido por el máximo accionista de la empresa con una guerra abierta.

En este conflicto no faltaron amenazas, utilización de los medios de comunicación para amplificar la versión de la empresa y una estrategia que consiguió que la plantilla se pusiera en contra de su representante, hasta el extremo de revocarle su cargo.

Amainada la tormenta, Sargadelos recuperó la normalidad gracias a una "nueva" estrategia comercial. Lo entrecomillamos porque no era exactamente una sorpresa para las viejas glorias del negocio.

El enfoque escogido minimizaba compromiso cultural de sus inicios, para apostar por la rentabilidad a través de una diversificación en los productos y actividades, los cuales van más allá de las piezas de cerámica y llegan hasta incluir una taberna.

De esta forma, junto a vajillas o joyas, en el catálogo de Sargadelos conviven bolsos, monederos, carteras, mantelerías, velas aromáticas, perfumes, pañuelos de vestir o productos tan coyunturales como mascarillas para la COVID-19.